El ritmo de vida en el día a día, nos lleva a incoherencias entre el discurso y la cotidianidad. Nos llegan anuncios: no hay salud corporal ni mental ni espiritual.

 

La exigencia externa, el deseo de cumplir una meta o responder al trabajo cotidiano hace olvidar a hombres y mujeres que “mi cuerpo se llama yo” y que sufre las duras jornadas a las que lo sometemos, aunque lo más lamentable es que no lo conocemos y olvidamos que la afección de una parte tiene efectos en el todo. En nuestro cuerpo cargamos toda la inflexibilidad que acumulamos a lo largo de nuestra vida.

La abuela me leyó unas palabras de Wilhelm Reich, en su libro Función del orgasmo, “Toda rigidez muscular incluye la historia y la significación de su origen. Su disolución no sólo libera la energía (…) sino que también trae a la memoria la situación infantil en que se ha producido la inhibición”. Mi abuela descubrió recientemente a Reich y la tiene dándole vueltas en la cabeza. Es una buena lectora, pero además tengo la fortuna que comparte conmigo sus inquietudes.

No conocemos nuestro cuerpo -dice la abuela- no lo tocamos, se nos ha prohibido hacerlo y no lo mimamos, pero para estar bien es preciso que él esté bien, y una manera sencilla, fácil y placentera, es bailar y bailar, así baile sola: concentrarnos en las sensaciones que el bailar despierta, cerrar los ojos, relajarnos, mover nuestros músculos, dejarnos llevar por la música, lo que según Osho puede hasta permitir la meditación. Yo bailaba con mis hermanas y cuando tu abuelo estaba de buenas pulgas, pues con él.

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– Abuela, en muchos países existe una costumbre: las mujeres esperan que las “saquen a bailar”, como si no fuese un deseo que me puedo conceder, y dejamos que los hombres escojan como si de una vitrina se tratase.

– Mija, las mujeres debemos aprender que si él puede escoger, yo también puedo escoger a alguien o bailar sola para hacer del baile un disfrute y una terapia.

-Abuela, ¿tuvo problemas en su juventud por la forma de bailar?

– Donde viví cuando su madre era pequeña no. Los negros, llegados de África lejana, no tienen esos prejuicios, pero sí en otras ciudades donde se mantiene una cultura mojigata.

– Se lo pregunto porque el baile y la sensualidad siempre han marchado juntos.

– Y ¿quién dijo que debemos separarlos? Debemos dejar de lado esa dureza que tenemos con nuestro cuerpo. Frente al espejo lo único que se nos ocurre es: “Qué barriga tengo”, “cómo tengo de estrías”, “si tuviese un poco más de…”.

Disfrutemos del baile, solas o acompañadas y, como Isadora Duncan, trastoquemos los cánones, reivindiquemos nuestro cuerpo, nuestra feminidad, y olvidemos la belleza perfecta. ¿Existe?

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