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Omohide poro poro/ Only yesterday/ Recuerdos del ayer
Isao Takahata / Animación/ Estudios Ghibli / Japón / 1991
Su piel era una flor
Basho

Quizás el avance más importante que han asumido las mujeres en los últimos años ha sido pensar en ellas mismas no solo como ciudadanas en igualdad de derechos y oportunidades, sino también como seres con necesidades de sanar viejas heridas del pasado provocadas por su condición de mujeres, hechos que marcaron sus vidas y tienen origen en sus propias historias.

“Recuerdos del ayer”, película dirigida por Isao Takahata y producida por Estudios Ghibli, apela a la necesidad de buscar un destino que se acerque a encontrar nuestra propia sensibilidad, nuestra propia identidad. Sin duda, un relato dirigido especialmente a mujeres, utilizando quizás una serie de recursos con la que de manera típica se nos ha enunciado pero que no deja de ser realista y conmovedora. La película llegada más de 10 años después a Europa y posteriormente a Latinoamérica, fue estrenada en Japón en julio de 1991, y se volvió, en su momento, un éxito en taquilla.

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La historia arranca con el permiso de vacaciones a Taeko Okajima, su protagonista, una joven de 27 años que visitará Yamagata, el pueblo de su familia política. Ante semejante petición nace una repentina curiosidad su jefe y le pregunta: ¿Algún desengaño amoroso?, a lo que Taeko responde sonriendo que no, que sólo le gusta el campo.

Repentinamente, los recuerdos de quinto grado de Taeko empiezan a aparecer sin que ella pueda hacer nada para evitarlo, siendo la narración alterada por su cotidianidad actual y aquellos momentos de infancia. Si bien Estudios Ghibli se ha caracterizado por narrar a chiquillas audaces y muy inteligentes, Taeko es, por el contrario, tímida y corriente, haciendo que estas características vuelvan el relato mucho más cercano y pueda quizás reflejar a muchas más mujeres.

La impotencia que le producían las vacaciones de verano en su natal Tokio sin la posibilidad de visitar el campo porque ningún familiar vivía allí, las emociones del primer romance infantil y la impresión de sentirse en el aire, el periodo menstrual en las mujeres y lo que esta información producirá en los niños, la presencia desinteresada de un padre que bloquea el diálogo familiar leyendo el periódico a la hora de la cena para no participar, y los fracasos escolares estarán en constante diálogo con su presente, intuyendo que hay algo que necesita recordar para poder avanzar en su propio proceso.

A menudo tenues críticas a las relaciones familiares, la incomprensión a la niñez, sus expectativas y desde luego al sistema educativo. Taeko tenía dificultades para dividir fracciones y, por lo tanto, sacaba malas calificaciones en matemáticas, así que una de sus hermanas, la más inteligente de su clase se ofrece a ayudarla. Ella le enseña una simple fórmula que consiste en invertir el numerador por el denominador, sin embargo a Taeko le cuesta, así que decide realizar el ejercicio utilizando una manzana, pero entonces su hermana, la más inteligente de la clase, es quien presenta dificultades. Taeko puede aplicar lo que aprende en matemáticas en hechos cotidianos y reales, pero no le alcanza para sacar buenas notas. Años después, concluirá que quienes dividen fracciones sin dificultades, tienen también vidas más sencillas porque siempre hacen lo que se les pide.

Ya en Yamagata, está preparada para recoger cártamo, una flor utilizada para fabricar productos cosméticos que se cosecha al alba para que el rocío suavice las espinas. Recuerda entonces una antigua leyenda que cuenta que en tiempos pasados las mujeres cosechaban sin guantes lastimándose las manos con las espinas, logrando con su sangre el hermoso color carmesí. Taeko imagina el resentimiento de aquellas mujeres campesinas que no conseguirían nunca tener en sus labios el producto de su trabajo; y no es difícil comparar esa situación con la de las mujeres floricultoras en Colombia: para la manutención de los cultivos de flores deben realizar actividades de altísimo rendimiento, posturas incómodas, movimientos repetitivos y extensas jornadas laborales que inevitablemente les producirán enfermedades físicas, generarán ingresos a otras personas y decoraran las casas y oficinas de terceros, pero nunca las propias.

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El guión es un ejercicio bello y sencillo que nos llevará por el viaje físico y espiritual de Taeko, cargado de sutilezas, cotidianidad, belleza y muchas nostalgias. Veremos entonces un conflicto evidente, atravesado por su propio proceso de crecimiento, las frustraciones de infancia por los sueños no cumplidos y las imposiciones de la escuela o la familia; y sin embargo, sus recuerdos carecen de odios y resentimientos. Taeko sabe que su yo del quinto grado la persigue porque quiere decirle que mire hacia atrás y redescubra quién es en realidad.

Como es tradición en Ghibli, la experiencia visual es simplemente maravillosa: paisajes realistas de pinturas y acuarelas que reflejan la belleza de la geografía japonesa, caídas de la tarde ideales que piden momentos de complicidad y alegría; Estudios Ghibli nos acostumbró a obras de arte en movimiento que dan cuenta de un país que respeta la naturaleza y le rinde tributo. “Recuerdos del ayer” asume esa tradición.

Luego de su segunda experiencia en el campo, de confrontarse con su propio destino, de imaginar cómo sería la vida allí en el invierno y de hacer grandes amigos, Taeko de nuevo ha dejado de ser crisálida y de la mano de aquella chiquilla de quinto grado decide tomar una decisión auténtica: basada en su intuición, en sus propias emociones, tal y como lo haría una niña, olvidando aquello que le enseñaron en la escuela y en la familia, lejos de todo tipo de prejuicios y conveniencias sociales. Taeko decide recuperar su identidad olvidada o perdida y de paso regalarse un poco de felicidad.

Una película que todas deberíamos ver.

 

 

 

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