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Por Olga L González[1]

Se ha agitado en estos días, en redes y medios, un tema que divide a las feministas desde hace años:  la prostitución, y concretamente, la forma como se valora esa actividad. En este tipo de discusiones, hoy en día, la palabra de quienes no ejercen la prostitución no tiene mucho peso (se les reprocha el no haber experimentado en carne propia esa vivencia, y proyectar un sistema de valores, el suyo). En contraste, hoy en día se espera mucho de la palabra de las personas implicadas.

Así, se suele especificar, antes de abrir la boca o el teclado, desde qué borde o centro de la discusión se pronuncia uno. Yo hablo como socióloga y compiladora de experiencias de vida. En estos últimos años he conversado con muchas personas, mujeres, trans, hombres, que ejercen prostitución (o trabajo sexual, el término tiene implicaciones, pero acá lo uso de la misma manera que lo usan muchas de las personas con las que hablo, es decir como sinónimos).

Me quiero referir en este escrito a las formas de valorar su actividad según se lo he escuchado a mujeres cisgénero (pues la experiencia de transgéneros y de varones tiene unas características específicas y diferentes de las de aquellas). Las experiencias son diversas.

En París conversé largo con una inglesa «sex worker» que es, a la par, estudiante universitaria, habla varias lenguas y tiene ahorros familiares. Me contó su buena experiencia sexual y laboral, y su militancia por esa causa. En esta ciudad también he conocido y conversado con mujeres nigerianas: he constatado que tienen discursos muy diferentes. Este varía, por ejemplo, según la edad, y también según quién esté parado al frente (no dicen lo mismo al antropólogo, al activista, al jurista de una asociación). También modulan su discurso según quién esté al lado de ellas -si al lado está una de sus colegas, no dirán lo mismo que a solas, etc. Una de ellas, que acompañé a un tribunal para gestionar sus papeles, decía que había sido objeto de un tráfico que la trajo hasta Europa, un discurso que es el que potencialmente le podría dar papeles. En otra ocasión acompañé a una de estas mujeres, que buscaba afanosamente un trabajo diferente al de esperar todas las noches al cliente.

En Madrid también he conversado con mujeres, muchas son latinoamericanas. Recuerdo, en uno de los “polígonos” donde ejercen, a una mujer dominicana. Era su cuarta noche en la calle. Sufría mucho, era muy indigno para ella. Pedía colaboración para conseguir un trabajo «normal», según sus propios términos (pero en esos años de grandísima precariedad económica en España, era difícil obtener un trabajo pagado correctamente). En ese país, la socióloga colombiana Carmen Cortés escribió un libro[1] donde recoge, casi literalmente, las experiencias de mujeres colombianas. La lectura de ese libro es muy cruda: es evidente que hay un factor, la violencia, que ha empujado a muchas de estas mujeres a emigrar para vivir de la prostitución. La violencia se padece desde la infancia, y se repite en las relaciones conyugales. Así, para algunas de ellas, es preferible ser prostituta a ser esposa de un atarván y posible feminicida.

En Colombia he podido constatar que las voces son también son muy diversas. En algún documento recogí la palabra de dos mujeres, que aunque son perfectamente lúcidas y conscientes de sus planteamientos, no son personas que tengan la posibilidad de escribir una columna y enviarla a medios. Ellas anhelan otro horizonte para sus hijas, quisieran ganarse la vida con otro trabajo (una de ellas quisiera ser litigante por el derecho a no ser puta). A la vez, están conscientes de que el mercado laboral colombiano no les da oportunidades dignas a mujeres con pocos diplomas y pocas recomendaciones. Y es que una de las constantes en sus historias es la experiencia como migrantes: vienen de otras ciudades, muchas veces para evitar el estigma, lo que reduce aun más su capital social.

En Europa y en Colombia, varias de las mujeres con las que he conversado no se sienten identificadas con las organizaciones que afirman representarlas, o no acuden a esas organizaciones. Lo cierto es que existen muchas voces, y parte del reto es lograr escucharlas, en vez de uniformizar o generalizar estas vivencias.

[1] Socióloga. En esta página están varios de sus trabajos sobre el tema: https://olgagonzalez.wordpress.com/publications/

[2] Carmen Cortés Torres, Detesto que me digan puta: Historias de vida de mujeres colombianas en España, Bogotá, Ed La Balsa, 2015.

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