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Hace un par de años, en Estocolmo, me encontré con Lydia Cacho.  La periodista mejicana había ido a recibir el premio “Tucholsky” otorgado por el Pen Club sueco. Aprovechó su estadía en esa ciudad también para encontrarse con colegas y editores.

Lidya fue amenazada de muerte en varias oportunidades luego que denunciara a una red de pedofilia en el que estaban implicados el gobernador, el alcalde e importantes personajes del gobierno. Como consecuencia de esta denuncia la periodista fue secuestrada y torturada y se salvó de la muerte gracias a la solidaridad internacional liderada por la entonces primera dama francesa Danielle Miterand y el ministro de Relaciones Exteriores de España.

Finalmente, después de 24 horas fue liberada. Pero a partir de ese momento los guardaespaldas, fueron parte del paisaje diario.

En un momento me confesó: “Tu no te imaginas lo feliz que me siento al poder caminar sin necesidad de mirar por arriba de mi hombro para ver si alguien me persigue”.

Hoy, 13 años después, el senado mejicano le pidió disculpas públicamente y sus secuestradores corren el riesgo de pasar una larga temporada entre rejas.

Las treinta periodistas mejicanas que participaron en el 7° Encuentro de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género en Montevideo corren riesgo de ser asesinadas, torturadas, desaparecidas. Porque en Méjico ser periodista es un trabajo de alto riesgo.

Durante tres días escuchamos y contamos historias de mujeres que se resisten a callar. Y tal vez lo más importante de este encuentro es la voluntad de encontrar medidas y acciones que protejan a las colegas periodistas en países tan distantes como Colombia, Brasil, Argentina, Mexico y Uruguay.

La periodista catalana Alicia Oliver mostró un mapa donde se podía diferenciar claramente la situación de las periodistas en América Latina y Europa. En Europa actualmente es muy raro que desaparezcan periodistas, sin embargo, como siempre hay excepciones. La periodista maltesa Daphne Caruana, fue asesinada por denunciar la corrupción en los círculos de poder maltés. Estos círculos, empresarios vinculados a los Panama pappers” entre otros, vieron en sus denuncias una amenaza y sencillamente la asesinaron.

En Rusia también fue asesinada Anna Poltikovskaya, quien investigó la tortura en Chechenia.

En conclusión las periodistas y los periodistas en Europa gozan de relativa tranquilidad para desarrollar su tarea. Sin embargo la situación en América Latina es diametralmente distinta. Las/os periodistas son cazados como las piezas en un tablero de ajedrez. Las fuerzas paramilitares aliadas con los capos del narcotráfico y con los políticos corruptos se sirven de la policía y de los militares para limitar, y acallar a los periodistas. De esa manera sus crímenes quedan silenciados.

Los vientos de derecha que soplan en el continente hacen peligrar la vida de los periodistas y sus condiciones de trabajo.

Los periodistas jóvenes viven en condiciones muy precarias y los veteranos son descartados como objetos desechables.

Los canales de televisión y los medios de comunicación difunden sus discursos sexistas y misóginos que las grandes masas consumen sin rechistar.

Y los canales públicos son demasiado débiles para contrarrestar estas campañas y estos discursos que nada bien les hacen a las jóvenes democracias.

En los países más grandes de América Latina, Brasil, Argentina y México, los medios son poseídos por pocas familias muy poderosas que hacen y deshacen a su antojo.

La periodista e investigadora brasileña Cynthia Mara expuso un nuevo fenómeno bastante nuevo y no por eso menos peligroso; se trata de medios de comunicación que están en manos de las iglesias evangélicas. Si será importante este fenómeno que la victoria de Bolsonaro, el presidente de Brasil, se debió en gran medida al accionar de estos grupos evangélicos y sus medios de comunicación que impúdicamente lo apoyaron.

En la reunión nos encontramos con veteranas periodistas, pioneras en el tema género, que facilitaron con su prédica y con su lucha, la aprobación de la ley de casamiento homosexual, la ley que posibilita el aborto, y la ley que protege los derechos de las personas trans y les brinda cobertura sanitaria.

La red de periodistas que tuvo su séptimo encuentro en Montevideo necesita desarrollarse y fortalecerse, de lo contrario, la voz de las periodistas en el continente americano corre riesgo de no ser escuchada. Y estas voces, muchas veces, son las que hacen la diferencia entre la vida y la muerte.

                                                                                                                 Ana Valdés

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